Desde el 28 de diciembre de 2017 hasta el 21 de junio, el peso se devaluó un 54%. Desde febrero, la variación del IPC indica que los aumentos de precios se están acelerando: pasó del 1,8% en enero a 2,4% en febrero, 2,3% en marzo, 2,7% abril y 2,1% en mayo. Aunque la variación acumulada registra un incremento total de 11,8% en lo que va del año, y los analistas proyectan una inflación de entre 30% y 35%, como cada vez que el dólar se mueve bruscamente, la caída en el poder adquisitivo parece ser en realidad mucho mayor.

En primer lugar, los alimentos son bienes de primera necesidad, que en Argentina están muy asociados a la cotización del dólar, a diferencia de otros rubros con menor impacto. El hecho de que nuestro país exporte granos, el precio del combustible dolarizado y la concentración y transnacionalización de la producción y distribución de alimentos implica que la devaluación tiene un impacto muy relevante en el precio de la canasta básica. El aumento en los alimentos necesariamente genera un reacomodamiento de la estructura de consumo, que será mayor cuanto menor sean los ingresos.

Como ajustar el consumo de estos bienes es muy difícil, el aumento del dólar implica que su peso será mucho mayor sobre el ingreso y que la caída en el consumo del resto de los bienes deberá ajustarse mucho más. La evolución de las ventas está en línea con esto: mientas alimentos y bebidas entre mayo de 2017 y mayo de 2018 cayeron 1.8%, según el relevamiento de CAME, el resto de los rubros superaron en todos los casos una caída de 2%. Otros rubros llegaron a 7,7% como relojería y 6,6% calzado y bazar y regalos. En la misma línea, la consultora Scentia registra una caída de alimentos y bebidas en supermercados del 2,8%. El Índice de Precios al Consumidor (IPC), al considerar el aumento de todos los bienes -no solo alimentos- en proporciones fijas, no refleja genuinamente la real caída en el poder adquisitivo.

Un simple ejercicio puede darnos una aproximación de como el impacto en los ingresos más bajos es mucho mayor. Si se divide la población urbana del país en cinco grupos ordenados de menor a mayor según el ingreso per cápita familiar denominados quintiles, según la encuesta de gastos de hogares para el año 2013 el primero realizaba un gasto promedio en alimentos de $1515 y el último un gasto de $2247. En el mismo período, el ingreso del quintil primero era de $3200 y el último de $23750. Mientras que el ingreso del último quintil es 7,4 veces el del primero, el gasto alimentario sólo es 1,5. Dos observaciones: en primer lugar, el efecto de un aumento en los alimentos va a ser mucho mayor en el primer quintil que en el último, ya que el porcentaje que representa respeto del ingreso total es mayor. En segundo lugar, los alimentos son bienes que reaccionan poco ante variaciones en los ingresos. Económicamente se denominan bienes con baja elasticidad-ingreso.

Siguiendo con el análisis, si se actualiza el costo del gasto alimentario del primer quintil para junio de 2013 según el valor del dólar, en junio del 2014 resulta $2303 (+52%) y un año después en 2015, $2556 (+11%). En 2016 se agrega a la devaluación, la quita de retenciones a los granos lo que incrementa el gasto en este rubro para el primer quintil hasta $5016 (96%). Probablemente el efecto haya sido aún mayor, ya que en 2014 y 2015 el programa de Precios Cuidados y las políticas de la Secretaría de Comercio amortiguaron el pasaje a precios de la devaluación; y al contrario, el desmantelamiento en 2015 amplificó su efecto.

Siguiendo con el ejercicio, en junio de 2017 el valor de la canasta resultó $5719 (+14%). Paralelamente, el porcentaje que representa el gasto necesario para consumir la misma canasta según los ingresos que surgen de la Encuesta Permanente de Hogares, pasa de 47% en 2013 a 58% en 2014 luego de la devaluación para volver a bajar al 46% en 2015. En 2016, la conjunción de todas las políticas implicó que para sostener el mismo gasto alimentario que en 2013, un hogar del primer quintil debería destinar 68% de su ingreso en alimentos y si bien en 2017 baja a 61% todavía es un valor muy superior a los años anteriores. Para el 2018, es posible estimar el impacto considerando nuevamente un ajuste del precio de alimentos equivalente al incremento del dólar que lleva el gasto necesario a $9893. Si los ingresos se incrementan en promedio 23%, los hogares del quintil más bajo deberían dedicar un escandaloso 85% de su ingreso para poder acceder al mismo consumo alimentario que en el 2013.

Como ejemplo de las remarcaciones que los alimentos y productos de consumo básico están sufriendo, el relevamiento realizado por la Universidad Nacional de General Sarmiento, CEPA y CETEP en el GBA, Partido de San Miguel, arroja una variación del 7,5% para el mes de mayo. Los aumentos en alimentos básicos de consumo popular son además muy notables y cercanos en muchos casos al 20% de devaluación del mismo mes: harina de trigo (19,07%), huevos (21,09%), pan (20,4%), fideos (14,99%) y aceite (10,94%).

En definitiva, si los ingresos no se incrementan sustancialmente por encima del techo de paritarias impuesto por el gobierno, especialmente en aquellos gremios con trabajadores de menores ingresos, es inminente el colapso del mercado interno y la recesión económica. En una economía como la argentina, con precios de alimentos dolarizados, el ajuste que pretende el gobierno mediante la devaluación, el estancamiento de los salarios y el ajuste fiscal que pretende camuflar como aceleración del gradualismo, solamente puede significar un incremento significativo en la pobreza, la indigencia y la desigualdad.

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