La muerte de la niña salvadoreña de 10 años se produjo en septiembre, cuando estaba bajo custodia de Estados Unidos y no se conoció hasta la semana pasada. Ni su nombre ni datos sobre su familia se hicieron públicos.

El caso eleva a seis (en ocho meses) el número de niños migrantes muertos tras ser detenidos por autoridades fronterizas.

El congresista demócrata de Texas, Joaquín Castro, acusó al gobierno de encubrir el fallecimiento y habló de una “epidemia de muerte” en la zona fronteriza.

Hasta ahora, se sabe que la niña estaba al cuidado de una Oficina de reasentamiento de refugiados en San Antonio, Texas. Ingresó en un estado “médicamente frágil”, el 4 de marzo de 2018, dijo Mark Weber, portavoz del Departamento de Salud y Servicios Humanos, a la cadena BBC.

Después de un procedimiento quirúrgico no especificado, sufrió complicaciones que la dejaron en coma. Al salir del hospital, en mayo, fue enviada a un centro de enfermería en Phoenix, Arizona, para recibir cuidados paliativos. El 26 de septiembre, pasó a un centro de enfermería en Omaha, Nebraska, para estar “cerca de su familia”, dijo Weber. Murió tres días después, con fiebre y dificultades respiratorias.

Tras anunciarse la muerte de la niña, Trump escribió en Twitter: “Los demócratas no quieren arreglar las fisuras en la frontera. No quieren hacer nada. ¡Fronteras abiertas y crimen!”

Los funcionarios dicen que no tienen las instalaciones necesarias para manejar el creciente número de migrantes.

Por día, unos 300 chicos tratan de cruzar solos a Estados Unidos. El 90% termina en manos de los guardias. Del resto no se sabe nada, queda “perdido”.

Según cifras de la Patrulla Fronteriza, sólo en marzo arrestaron a 92.000 inmigrantes ilegales a lo largo de la frontera con México: casi 9.000 eran menores que estaban solos.

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